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    Categorías ESOTERICO
    (25/06/2008 - 05:57)

    EL ARTE DE ENSOÑAR

    Por aleabril

     

    EL ARTE DE ENSOÑAR

    Carlos Castaneda

     

    Nota del autor................................................................................. 3

    1. Los brujos de la antigüedad.......................................................... 6

    2. La primera compuerta del ensueño.............................................. 33

    3. La segunda compuerta del ensueño............................................. 16

    4. La fijación del punto de encaje.................................................... 36

    5. El mundo de los seres inorgánicos.............................................. 49

    6. El mundo de las sombras............................................................ 61

    7. El explorador azul...................................................................... 73

    8. La tercera compuerta del ensueño............................................... 80

    9. La nueva área de exploración...................................................... 93

    10. Acechando a los acechadores................................................. 102

    11. El inquilino............................................................................. 111

    12. La mujer de la iglesia............................................................... 122

    13. Volando en alas del intento...................................................... 133

     DEL AUTOR

    En un periodo de más de veinte años, he escrito una serie de libros acerca de mi aprendizaje con un brujo: don Juan Matus, un indio yaqui. Expliqué en esos libros que él me enseñó brujería, pero no como nosotros la entendemos en el contexto de nuestro mundo cotidiano: el uso de poderes sobrenaturales sobre otros, o la convocación de espíritus a través de hechizos, encantamientos y ritos a fin de producir efectos sobrenaturales. Para don Juan, la brujería era el acto de corporizar ciertas pre­misas especializadas, tanto teóricas como prácticas, acerca de la naturaleza de la percepción y el papel que ésta juega en moldear el universo que nos rodea.

    Siguiendo la sugerencia de don Juan, me he abstenido de utilizar una categoría propia de la antropología: el chamanis­mo, para clasificar su conocimiento. Siempre lo he llamado como él lo llamaba: brujería o hechicería. Sin embargo, al exa­minar este concepto me he dado cuenta de que llamarlo brujería oscurece aún más el ya en sí oscuro fenómeno que me presentó en sus enseñanzas.

    En trabajos antropológicos, el chamanismo es descrito como un sistema de creencias de algunos grupos nativos del norte de Asia; un sistema prevaleciente también entre ciertas tribus de indios de Norteamérica, el cual sostiene que un mundo ances­tral e invisible de fuerzas espirituales, benignas y malignas, predomina alrededor nuestro; fuerzas espirituales que pueden ser convocadas o controladas por practicantes, quienes son los intermediarios entre el reino natural y el sobrenatural.

    Don Juan era ciertamente un intermediario entre el mundo natural de la vida diaria y un mundo invisible, al cual él no llamaba lo sobrenatural, sino la segunda atención. Su tarea de maestro fue hacer accesible a mí esta enseñanza que usó con este propósito, al igual que las prácticas que me hizo ejercitar, la más importante de las cuales fue, sin lugar a duda, el arte de ensoñar.

    Don Juan sostenía que nuestro mundo, que creemos ser único y absoluto, es sólo un mundo dentro de un grupo de mundos consecutivos, los cuales están ordenados como las capas de una cebolla. Él aseveraba que aunque hemos sido condicionados para percibir únicamente nuestro mundo, efectivamente tenemnos la capacidad de entrar en otros, que son tan reales, únicos, absolutos y absorbentes como lo es el nuestro.

    Don Juan me explicó que para poder percibir esos otros reinos, no sólo hay que desear percibirlos, sino también poseer la suficiente energía para entrar en ellos. Su existencia es cons­tante e independiente de nuestra conciencia, pero su inaccesibi­lidad es totalmente una consecuencia de nuestro condiciona­miento energético. En otras palabras, simple y llanamente a raíz de este condicionamiento estamos compelidos a asumir que el mundo de la vida cotidiana es el único mundo posible.

    Seguros de que sólo nuestro condicionamiento energético es nuestro impedimento para entrar en esos otros reinos, los bru­jos de la antigüedad desarrollaron una serie de prácticas desig­nadas a reacondicionar nuestras capacidades energéticas de percepción. Llamaron a esta serie de prácticas, el arte de en­soñar.

    Con la perspectiva que el tiempo me da, ahora me doy cuenta de que la descripción más apropiada que don Juan le dio al ensueño fue llamarlo "la entrada al infinito". Cuando lo dijo, comenté que su metáfora no tenía ningún significado para mí.

    -Descartemos las metáforas ‑concedió‑. Digamos que en­soñar es la manera práctica en que los brujos ponen en uso los sueños comunes y corrientes.

    -¿Pero cómo pueden los sueños ser puestos en uso? -pre­gunté.

    ‑Siempre caemos en la trampa del lenguaje ‑dijo‑. En mi propio caso, mi maestro trató de describirme el ensueño como la manera en que los brujos le dicen hasta mañana al mundo. Por supuesto que él ajustaba su descripción a mi mentalidad. Yo estoy haciendo lo mismo contigo.

    En otra ocasión, don Juan me dijo:

    ‑El ensueño únicamente puede ser experimentado. Ensoñar no es tener sueños, ni tampoco es soñar despierto, ni desear, ni imaginarse nada. A través del ensueño podemos percibir otros mundos, los cuales podemos ciertamente describir, pero no po­demos describir lo que nos hace percibirlos. Sin embargo, pode­mos sentir cómo el ensueño abre esos otros reinos. Ensoñar parece ser una sensación, un proceso en nuestros cuerpos, una concien­cia de ser en nuestras mentes.

    En el transcurso de sus enseñanzas, don Juan me explicó detalladamente los principios, las razones y las prácticas del arte de ensoñar. Su instrucción fue dividida en dos partes. Una era la enseñanza de los procedimientos del ensueño, y la otra, las explicaciones puramente abstractas de estos procedimien­tos. Su método implicaba la combinación activa de aguijonear mi curiosidad intelectual con los principios abstractos del en­sueño, y de guiarme a buscar soluciones prácticas en los pro­cedimientos.

    Ya he descrito todo esto tan detalladamente como me fue posible. También he descrito el medio ambiente en el que don Juan me situó para poder enseñarme sus artes. Mi interacción en este ambiente de brujos fue de especial interés para mí, ya que tuvo lugar exclusivamente en la segunda atención. Ahí interactué con diez mujeres y cinco hombres que eran los brujos compañeros de don Juan; y con los ocho jóvenes, cuatro hom­bres y cuatro mujeres, que eran sus aprendices.

    Don Juan los reunió inmediatamente después de que yo llegué a su mundo. Me explicó que ellos formaban un grupo tradicional de brujos; una copia estructural de su propia agru­pación, y que se suponía que yo los habría de guiar. Sin em­bargo, al tratar más conmigo, descubrió que yo no era como él esperaba. Explicó la diferencia en términos de una configura­ción energética vista únicamente por los brujos: en lugar de tener cuatro compartimentos de energía, como él, yo tenía solamente tres. Tal configuración, la que erróneamente él había esperado fuera un defecto corregible, no me permitía de ningún modo guiar a esos ocho aprendices, o aun interactuar con ellos. La presión que esto creó fue tan intensa que don Juan se vio obligado a reunir otro grupo que fuera más semejante a mi estructura energética.

    He escrito extensamente sobre esos eventos, pero nunca mencioné al segundo grupo de aprendices; don Juan no me lo permitió. Argüía que aquellas personas pertenecían exclusiva­mente a mi campo de acción, y que el acuerdo que tenía con él era escribir sobre las acciones y la gente de su campo, no del mío.

    El segundo grupo de aprendices era extremadamente com­pacto. Consistía únicamente en tres miembros: una ensoñado­ra, Florinda Donner; una acechadora, Taisha Abelar; y la mujer nagual, Carol Tiggs.

    Estas tres personas interactuaban entre ellas y conmigo ex­clusivamente en la segunda atención. En el mundo de la vida cotidiana no teníamos ni la menor idea los unos de los otros. Por otro lado, en términos de nuestra relación con don Juan, no había vaguedad. Él interactuó con nosotros en los dos estados de conciencia y su esfuerzo para entrenarnos fue igual en intensidad y minuciosidad. Hacia el final, cuando don Juan estaba a punto de dejar el mundo, la presión psicológica de su partida empezó a menoscabar, en nosotros cuatro, los rígidos parámetros de la segunda atención. El resultado fue que nuestra interacción irrumpió en el mundo de los asuntos cotidianos y todos nos conocimos, aparentemente, por primera vez.

    Ninguno de nosotros estaba consciente de nuestra profunda y ardua interacción en la segunda atención. Puesto que los cuatro estábamos involucrados en estudios académicos, termi­namos más que conmocionados al descubrir que ya nos habíamos conocido antes. Por supuesto que esto era, y todavía es, intelectualmente inadmisible para nosotros. Sin embargo sabemos que fue totalmente parte de nuestra experiencia. Al final, nos quedamos con la inquietante certeza de que la psique humana es infinitamente más compleja de lo que nuestro razo­namiento académico o mundano nos lo ha hecho creer.

    Una vez le preguntamos a don Juan al unísono que nos saca­ra de dudas. Dijo que tenía dos posibilidades explicativas. Una era aplacar a nuestra malherida racionalidad diciendo que la segunda atención es un estado de conciencia tan ilusorio como elefantes volando en el cielo, y que todo lo que creíamos haber experimentado en ese estado era simplemente un pro­ducto de sugestiones hipnóticas. La otra posibilidad era no explicar pero sí describir la segunda atención de la manera como se les presenta a los brujos ensoñadores: como una incom­prensible configuración energética de la conciencia.

    Mientras llevaba a cabo mis tareas de ensueño, la barrera de la segunda atención no sufrió cambio alguno en ningún mo­mento. Cada vez que entraba en el ensueño, entraba también en la segunda atención, y despertarme del ensueño no signifi­caba, de ninguna manera, que había salido de la segunda atención. Por años enteros, podía recordar únicamente frag­mentos de mis experiencias de ensueño. La masa total de aque­llas experiencias permaneció fuera de mi alcance. Reunir su­ficiente energía para poner todo eso en un orden lineal, en mi mente, me costó quince años de trabajo ininterrumpido, de 1973 a 1988. Recordé entonces una sucesión de eventos de ensueño, y fui capaz, al fin, de llenar los que parecían ser lapsos de mi memoria. De esta manera, pude capturar la intrínseca continui­dad de las lecciones de don Juan sobre el arte de ensoñar; una continuidad al parecer inexistente debido a que al enseñarme don Juan me hacia fluctuar entre mi conciencia de ser en mi vida cotidiana y mi conciencia de ser en la segunda atención. Este trabajo es el resultado de haber puesto todo eso en un orden lineal.

    Puesto que no hay más fragmentos disociados en las leccio­nes de don Juan sobre el arte de ensoñar, me gustaría explicar, en trabajos futuros, la posición actual y el interés de sus cuatro últimos estudiantes: Florinda Donner, Taisha Abelar, Carol Tiggs y yo. Pero antes de que pueda describir y explicar el resultado de la tutela y la influencia que don Juan ejerció sobre nosotros, debo revisar, de acuerdo a lo que sé ahora, los fragmentos de las lecciones de don Juan en el arte de ensoñar, a los cuales no tenía yo acceso antes.

    Todo esto es lo que tengo en mente como justificación para escribir este libro; la razón definitiva de este trabajo, sin em­bargo, la dio Carol Tiggs. Ella cree que explicar el mundo que don Juan nos hizo heredar es la expresión final de nuestra gratitud a él, y de nuestro propósito de continuar buscando lo que él buscaba: la libertad.

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    Saludos:

    Alejandra.

    (25/06/2008 - 05:27)

    EL FUEGO INTERNO

    Por aleabril

     

    El Fuego Interno

    Carlos Castaneda


     

     

    Introducción.................................................................................................... 3

    I. LOS NUEVOS VIDENTES.................................................................................. 6

    II. Los Pinches Tiranos................................................................................ 11

    III. LAS EMANACIONES DEL ÁGUILA............................................................. 22

    IV. EL RESPLANDOR DEL HUEVO LUMINOSO............................................. 30

    V. LA PRIMERA ATENCIÓN.............................................................................. 38

    VI. LOS SERES INORGÁNICOS......................................................................... 46

    VII. EL PUNTO DE ENCAJE................................................................................ 60

    VIII. LA POSICIÓN DEL PUNTO DE ENCAJE.................................................. 70

    IX. EL MOVIMIENTO HACIA ABAJO............................................................... 77

    X. LAS GRANDES BANDAS DE EMANACIONES........................................... 86

    XI. ACECHO, INTENTO Y LA POSICIÓN DE ENSUEÑO................................ 91

    XII. EL NAGUAL JULIAN.................................................................................... 99

    XIII. EL LEVANTÓN DE LA TIERRA............................................................... 109

    XIV. LA FUERZA RODANTE............................................................................ 116

    XV. LOS DESAFIANTES DE LA MUERTE....................................................... 123

    XVI. EL MOLDE DEL HOMBRE....................................................................... 136

    XVII. EL VIAJE DEL CUERPO DE ENSUEÑO................................................. 144

    XVIII. ROMPER LA BARRERA DE LA PERCEPCIÓN.................................... 152

    Epílogo............................................................................................................ 157

     

    En los últimos quince años, he escrito extensos rela­tos sobre mis relaciones de aprendiz con un brujo indio, don Juan Matus. A causa de lo extraño de los conceptos y prácticas que don Juan quiso que yo comprendiera e interiorizara, no he tenido otra alternativa sino presentar sus enseñanzas en forma de narraciones descriptivas, relatos de lo que me ocurrió, tal como sucedió.

    La organización total de las enseñanzas de don Juan se basaba en la idea de que el hombre tiene dos tipos de conciencia. El los nombró el lado derecho y el lado izquierdo, y de acuerdo a ello, dividió su instrucción en enseñanzas para el lado derecho y enseñanzas para el lado izquierdo.

    Describió el primero como lo normal de todos nos­otros, o el estado de conciencia necesario para desempe­ñarse en el mundo cotidiano. Dijo que el segundo era algo que no es normal, el lado misterioso del hombre, el estado de conciencia requerido para funcionar como brujo y vidente.

    Las enseñanzas para el lado derecho las llevó a cabo en mi estado de conciencia normal. He descrito esas enseñanzas, a detalle, en todos mis relatos. Como parte de ellas, don Juan me dio a saber que él era un brujo. Incluso, me presentó a otro brujo, don Genaro Flores, y debido a la naturaleza de nuestra asociación, lógicamen­te concluí que me habían tomado como aprendiz.

    Ese aprendizaje, en mi modo de pensar de aquel entonces, culminó con un acto incomprensible que don Juan y don Genaro me hicieron ejecutar. Me hicieron saltar desde la cuna de una montaña a un abismo.

    En uno de mis relatos he descrito lo que me ocurrió en aquella ocasión. Lo que yo creí que era el último drama de las enseñanzas para el lado derecho fue repre­sentado allí, en esa cima, por el propio don Juan, don Genaro, dos aprendices, Pablito y Néstor, y yo. Pablito, Néstor y yo nos precipitamos, uno por uno, a un abis­mo.

    Durante años después, creí, a pie juntillas, que mi absoluta confianza en don Juan y en don Genaro fue lo que inexplicablemente me hizo sobrevivir. Hasta llegué a creer que el sobrepasar mi pánico racional, al enfrentar mi inevitable aniquilación, fue lo que me salvó. Ahora sé que no fue así. Sé que el secreto estaba en las enseñan­zas para el lado izquierdo, y que impartir esas ense­ñanzas implicó tremenda disciplina y perseverancia de parte de don Juan, don Genaro y sus otros compañeros.

    Me ha tomado casi diez años recordar exactamente lo que ocurrió en las enseñanzas para el lado izquierdo. Ahora sé qué fue lo que me hizo estar tan dispuesto a realizar un acto de tal magnitud: precipitarme a un abismo.

    En sus enseñanzas para el lado izquierdo, don Juan dejó entrever lo que él, don Genaro y sus otros compa­ñeros realmente eran y lo que hacían conmigo. No me enseñaban brujería, ni encantamientos, me enseñaban las tres partes de un antiquísimo conocimiento que poseían; ellos llamaban a esas tres partes el estar con­ciente de ser, el acecho y el intento. Y no eran brujos; eran videntes. Y don Juan no sólo era vidente sino que también era un nagual.

    En sus enseñanzas para el lado derecho, don Juan ya me había explicado muchas cosas acerca del nagual y acerca de los videntes. Entendí que ser vidente era la capacidad que tienen los seres humanos de ampliar su campo de percepción hasta el punto de poder aquila­tar no sólo las apariencias externas sino la esencia de todo. Entre otras cosas, me había explicado que los videntes ven al hombre como un campo de energía, algo parecido a una bola de luz, o lo que él llamaba un huevo luminoso. Decía que por lo general esos campos de ener­gía están divididos en dos secciones, y que la excepción a esta regla son los hombres y mujeres que tienen sus campos de energía divididos en tres o cuatro partes. Debido a ello, esas personas son más fuertes y adapta­bles que el hombre común y corriente, y por lo tanto, pueden convertirse en naguales al volverse videntes.

    Fue, sin embargo, en sus enseñanzas para el lado izquierdo, donde don Juan elucidó totalmente los intrin­cados detalles de ser un vidente y de ser un nagual. Recalcó innumerables veces que ser un vidente implica el comando de recursos perceptuales imposibles de defi­nir, y que ser un nagual es llegar a un pináculo de disci­plina y control. Ser un nagual significa ser un líder, ser un maestro y un guía.

    Como nagual, don Juan era el líder de un grupo, co­nocido como la partida del nagual, compuesto por ocho videntes femeninas, Cecilia, Delia, Hermelinda, Carmela, Nélida, Florinda, Zuleica y Zoila; tres videntes masculi­nos, Vicente, Silvio Manuel y Genaro; y cuatro propios o mensajeros, Emilio, Juan Tuma, Marta y Teresa.

    Pero don Juan no solamente era el guía de la parti­da del nagual, sino que también educaba y guiaba a un grupo de videntes aprendices conocidos como la partida del nuevo nagual. Consistía ese grupo de cuatro hombres jóvenes, Pablito, Néstor, Eligio y Benigno, de cinco mujeres, Soledad, la Gorda, Lidia, Josefina y Rosa. Yo era el líder nominal de ellos, junto con Carol, la mujer nagual.

    Las enseñanzas para el lado izquierdo me fueron dadas cada vez que yo entraba en un estado único de claridad perceptual que él llamaba conciencia acrecenta­da. A lo largo de mis años de asociación con don Juan, repetidamente me hizo entrar en tales estados mediante un golpe que me daba con la palma de la mano, en la parte superior de la espalda.

    Don Juan me explicó que, en un estado de concien­cia acrecentada, la conducta de los aprendices es tan natural como en la vida diaria. Su gran ventaja es que pueden enfocar sus mentes en cualquier cosa con fuerza y claridad descomunales; pero su desventaja esta en la imposibilidad de traer al campo de la memoria normal lo que les sucede. Lo que les acontece en tales estados se convierte en parte de sus recuerdos cotidianos sólo a través de un asombroso esfuerzo.

    Mi interacción con los videntes compañeros de don Juan fue un ejemplo de esta dificultad de recordar. Con la excepción de don Genaro, yo sólo tenía contac­to con ellos en estados de conciencia acrecentada; por ello, en mi vida normal, no podía recordarlos de ninguna manera. Después de esfuerzos inauditos, llegué a recor­dar que siempre me reunía con ellos de un modo casi ritual. Comenzaba al arribar en mi coche a la casa de don Genaro, en un pueblito en el sur de México. De in­mediato, don Juan se unía a nosotros y luego los tres nos empeñábamos en ejecutar las enseñanzas para el lado derecho. Al cabo de un rato, don Juan me hacía cambiar niveles de conciencia y yo los llevaba a los dos en mi coche a un pueblo cercano, más grande, donde don Juan y don Genaro vivían con sus otros compañeros videntes.

    Cada vez que yo entraba en un estado de conciencia acrecentada no podía dejar de maravillarme de la dife­rencia entre mis dos lados. Siempre sentía como si un velo se me quitara de los ojos, como si antes hubiera estado parcialmente ciego y ahora podía ver. La liber­tad, el absoluto regocijo que solía posesionarse de mí en esas ocasiones no puede compararse con ninguna otra cosa que haya experimentado jamás. Pero al mismo tiempo, había un aterrador sentido de tristeza y añoran­za que iba de la mano con aquella libertad y aquel regocijo. Don Juan me había dicho que sin tristeza y añoranza uno no está completo, pues sin ellas no hay sobriedad, no hay gentileza. Decía que la sabiduría sin gentileza y el conocimiento sin sobriedad son inútiles.

    La meta final de sus enseñanzas para el lado izquier­do fue la explicación que don Juan, junto con algunos de sus compañeros videntes, me dieron acerca de la tres facetas de su conocimiento: la maestría del estar cons­ciente de ser, la maestría del acecho y la maestría del intento.

    Esta obra trata de la maestría del estar consciente de ser. Yo la describo aquí como parte del arreglo total que don Juan usó a fin de prepararme para llevar a cabo el asombroso acto de saltar a un abismo.

    Debido al hecho de que las experiencias aquí narra­das tuvieron lugar en estados de conciencia acrecentada, no pueden tener la trama de la vida cotidiana. Carecen de contexto mundano, aunque he hecho lo mejor por proporcionarlo, sin hacerlo ficción. En estados de con­ciencia acrecentada se tiene mínima idea de lo que nos rodea, puesto que la concentración total queda ocupada con los detalles de la acción del momento.

    En este caso, naturalmente, la acción del momento era la elucidación de la maestría del estar consciente de ser. Don Juan me dio a entender que dicha maestría era la versión moderna de una antiquísima tradición, que él llamaba la tradición de los antiguos videntes toltecas.

    Aunque él sentía que estaba unido, de modo inextri­cable, a aquella antigua tradición se consideraba a sí mismo como uno de los videntes de un nuevo ciclo. Cuando una vez le pedí que me describiera las caracte­rísticas esenciales de los videntes del nuevo ciclo, lo pri­mero que dijo fue que son los guerreros de la libertad total. Luego explicó que son tales maestros del estar consciente de ser, del acecho y del intento, que la muer­te no los alcanza como alcanza al resto de los seres humanos. Los guerreros de la libertad total eligen el mo­mento y la manera en que han de partir de este mundo. En ese momento se consumen con un fuego interno y desaparecen de la faz de la tierra, libres, como si jamás hubieran existido.

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    SALUDOS:
    ALEJANDRA

    (25/06/2008 - 05:21)

    LAS 7 LEYES ESPIRITUALES DEL ÉXITO

    Por aleabril

     

    LAS 7 LEYES ESPIRITUALES DEL ÉXITO

    DEEPAK CHOPRA

    1994

    Tú eres lo que es el profundo deseo que te impulsa.

    Tal como es tu deseo es tu voluntad.

    Tal como es tu voluntad son tus actos.

    Tal como son tus actos es tu destino

    - Brihadaranyaka Upanishad IV.4.5.

    INTRODUCCIÓN

    Aunque el título de este libro es “Las siete le­yes espirituales del éxito”, bien podría ser “Las siete leyes espirituales de la vida”, porque son los mis­mos principios que la naturaleza emplea para crear todo lo que existe en forma material - todo lo que podemos ver, oír, oler, degustar o tocar.

    En Creating Affluence: Wealth Consciousness in the Field of All Possibilities, describí los pasos para llegar a la conciencia de la riqueza sobre la base de una verdadera comprensión de la manera como funciona la naturaleza. Las siete leyes espirituales del éxito constituyen la esencia de esa enseñanza. Cuando este conocimiento se incorpore en nues­tra conciencia, tendremos la capacidad de crear una abundancia ilimitada sin esfuerzo alguno, y de experimentar el éxito en todo lo que nos pro­pongamos.

    El éxito en la vida podría definirse como el crecimiento continuo de la felicidad y la realiza­ción progresiva de unas metas dignas. El éxito es la capacidad de convertir en realidad los deseos fácilmente. No obstante, el éxito, incluyendo la creación de la riqueza, siempre se ha percibido como un proceso que requiere mucho esfuerzo, y que muchas veces se logra a expensas de los de­más. Necesitamos acercarnos de una manera más espiritual al éxito y a la riqueza, que no es otra cosa que el flujo abundante de todas las cosas buenas hacia nosotros. Conociendo y practicando las leyes espirituales, entraremos en armonía con la natura­leza para crear con espontaneidad, alegría y amor.

    El éxito tiene muchos aspectos, y la riqueza material es solamente uno de sus componentes. Además, el éxito es una travesía, no un destino en sí. Sucede que la abundancia material, en to­das sus manifestaciones, es una de las cosas que nos permite disfrutar más la travesía. Pero el éxi­to también se compone de salud, energía, entu­siasmo por la vida, realización en las relaciones con los demás, libertad creativa, estabilidad emo­cional y psicológica, sensación de bienestar y paz. Pero ni siquiera experimentando todas estas cosas podremos realizarnos, a menos que cultive­mos la semilla de la divinidad que llevamos aden­tro. En realidad, somos la divinidad disfrazada, y el espíritu divino que vive dentro de nosotros en un estado embrionario busca materializarse ple­namente. Por tanto, el éxito verdadero consiste en experimentar lo milagroso. Es el despliegue de la divinidad dentro de nosotros. Es percibir la divinidad en cualquier lugar a donde vayamos, en cualquier cosa que veamos: en los ojos de un niño, en la belleza de una flor, en el vuelo de un pájaro. Cuando comencemos a vivir la vida como la expresión milagrosa de la divinidad - no de vez en cuando sino en todo momento - com­prenderemos el verdadero significado del éxito.

    Antes de definir las siete leyes espirituales, es preciso comprender el concepto de ley. Una ley es el proceso por el cual se manifiesta lo que no se ha manifestado; es el proceso por el cual el obser­vador se convierte en el observado; es el proceso por el cual el que contempla se convierte en pai­saje; es el proceso a través del cual el que sueña proyecta el sueño.

    Toda la creación, todo lo que existe en el mun­do físico, es el producto de la transformación de lo inmanifiesto en manifiesto. Todo lo que con­templamos viene de lo desconocido. Nuestro cuerpo, el universo físico - todo lo que podemos percibir por medio de los sentidos - es la transfor­mación de lo inmanifiesto, lo desconocido e in­visible en lo manifiesto, lo conocido y lo visible.

    El universo físico no es otra cosa que el yo plegado sobre sí mismo para experimentarse como espíritu, mente y materia física. En otras pala­bras, todos los procesos de la creación son proce­sos por medio de los cuales el yo o la divinidad se expresa. La conciencia en movimiento se mani­fiesta a través de los objetos del universo, en me­dio de la danza eterna de la vida.

    La fuente de toda creación es la divinidad (o el espíritu); el proceso de creación es la divinidad en movimiento (o la mente); y el objeto de la creación es el universo físico (del cual forma par­te nuestro cuerpo). Estos tres componentes de la realidad - espíritu, mente y cuerpo, u observa­dor, proceso de observación y observado - son básicamente la misma cosa. Todos provienen del mismo sitio: el campo de la potencialidad pura, puramente inmanifiesto.

    Las leyes físicas del universo representan en realidad todo este proceso de la divinidad en mo­vimiento o de la conciencia en acción. Cuando comprendemos estas leyes y las aplicamos en nues­tra vida, todo lo que deseamos puede ser creado, porque las mismas leyes en que se basa la natura­leza. para crear un bosque, o una galaxia, o una estrella o un cuerpo humano, pueden convertir en realidad nuestros deseos más profundos.

    Ahora veamos las siete leyes espirituales del éxi­to y la manera de aplicarlas en nuestra vida.

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    SALUDOS:
    ALEJANDRA

    (15/06/2008 - 05:55)

    LA OUIJA

    Por aleabril


     

    Hoy día hay infinidad de temas
    el cual nos lleva a recorrer este mundo en el que
    vivimos, a mi me apasiona todo lo relacionado
    con lo que es la tecnología, Internet,
    poesía y casi toda clase de lectura, una de ellas es la lectura
    relacionada con el mundo
    invisible o como lo conocen muchos el mundo Esotérico,
    hace poco leí un libro que hablaba
    de la ouija, esto es lo que encontré.

    ESTOS SON LOS TEMAS;

    PARA IR AL TEMA QUE TE INTERESA HAS CLIC EN EL

    OUIJA CAPITULO I (INTRODUCCION)
    OUIJA CAPITULO II (EL ESPIRITISMO)
    OUIJA CAPITULO III (LA OUIJA)
    OUIJA CAPITULO IV (POSECIONES Y EXORCISMOS)
    OUIJA CAPITULO V (CONSEJOS Y ADVERTENCIAS

    Saludos
    Alejandra.